Equipos con talento … que sin embargo no funcionan
Después de más de dos
décadas liderando entornos tecnológicos, he observado una paradoja muy común:
equipos con un talento técnico extraordinario que, sin embargo, no consiguen
funcionar como un verdadero equipo de alto rendimiento.
Tienen conocimiento,
experiencia y recursos.
Los
instrumentos están afinados… pero la música no suena bien.
¿Qué ocurre cuando sobra el talento o la técnica, pero
el resultado no termina de brillar?
En muchos casos, el problema no es técnico.
Es humano.
Demasiado “yo”
y muy poco “para qué”
Cuando un equipo logra
reducir los egos individuales y conectar con un propósito común, aparece algo
muy interesante: el rendimiento deja de ser forzado y empieza a fluir.
En mi experiencia, esto suele apoyarse en tres pilares
clave.
La identidad más allá del cargo
En el mundo profesional
tendemos a identificarnos con nuestra etiqueta:
“Soy el responsable de sistemas.”
“Soy el lead developer.”
“Soy el manager.”
El problema aparece cuando
el cargo se convierte en nuestra identidad.
Cuando eso ocurre, el ego
se vuelve más defensivo: defendemos posiciones, protegemos nuestra imagen y
evitamos mostrar dudas.
Sin embargo, los mejores líderes que he conocido hacen algo
diferente.
Se muestran humanos,
cercanos y auténticos.
No necesitan aparentar
perfección.
Escuchan,
reconocen errores y generan un entorno donde el equipo se siente seguro para
aportar ideas, cuestionar y mejorar.
En mi opinión, es la
fórmula perfecta para ganarse el respeto y la confianza del equipo. No
confundir respeto con autoridad, lo segundo lo puedes imponer, pero el respeto y la confianza te la tienes que ganar,
esto es así.
Cuando eso ocurre, el equipo deja de trabajar para proteger su posición… y empieza a trabajar para crear valor juntos.
La alianza del equipo: los
valores que realmente importan
En mis años liderando
equipos he comprobado algo muy claro:
La excelencia no nace de un contrato laboral.
Nace
de un contrato de valores.
A esto me gusta llamarlo la Alianza
del Equipo.
No se trata de repetir los
valores que aparecen en la web corporativa, sino de hacer algo mucho más
potente: definir juntos qué valores quieren
vivir como equipo.
Aquí conviene recordar
algo importante: Los valores no son palabras
bonitas para un póster en la pared.
Los valores
son algo con lo que no se bromea.
Son convicciones profundas
que nos ayudan a tomar decisiones cuando las situaciones se vuelven difíciles.
Cuando hay presión, conflicto o incertidumbre, es precisamente cuando los
valores muestran su verdadero peso.
Valores como:
- Honestidad
- Aprendizaje
continuo
- Responsabilidad
compartida
- Apoyo
mutuo
- Foco
en soluciones
Cuando estos valores se
definen y se hacen explícitos, ocurre algo muy interesante.
Se convierten en una
especie de sistema operativo invisible del equipo, una manual de instrucciones.
Cuando aparece un
conflicto, una decisión difícil o una situación de presión, el equipo no
necesita discutir eternamente qué hacer.
Simplemente se pregunta:
“¿Qué decisión es
coherente con nuestros valores?”
Y muchas veces la respuesta aparece sola.
El alineamiento con la empresa
Seamos realistas.
Es difícil que un equipo
esté alineado al 100% con los valores de una gran organización. Siempre habrá
diferencias.
Pero hay algo que sí he
visto de forma consistente:
Cuanto mayor es el alineamiento entre el equipo y la
empresa, mayor es la fluidez del trabajo.
Cuando los valores del
equipo y los de la organización se solapan en buena medida:
- Las
decisiones son más fáciles
- La
motivación aumenta
- La
energía se dedica a crear, no a resistir
En cambio, cuando la
distancia es demasiado grande, el equipo acaba gastando más energía en
gestionar frustración que en innovar.
Por eso, una parte
importante del liderazgo consiste en buscar y ampliar esos
puntos de encuentro.
Cuando existe un propósito
compartido, los equipos no necesitan ser empujados constantemente.
El propósito tira de
ellos.
La misma lógica en nuestra vida personal
Algo que suelo repetir
mucho es que no somos personas diferentes
dentro y fuera del trabajo.
Somos la misma persona en distintos contextos.
Piensa en tus relaciones
personales más sólidas o en la dinámica de tu propio hogar.
La armonía familiar no
depende de que todo esté perfectamente organizado o de que el presupuesto
cuadre al milímetro.
Depende, sobre todo, de
los valores que compartís.
Por ejemplo, imagina que
organizas una cena para tus seres queridos.
Si el valor compartido es disfrutar
juntos de la compañía, no importa demasiado si un plato se retrasa o si la
receta no sale perfecta. La velada seguirá siendo un éxito.
En cambio, si el valor
dominante es la apariencia o el control, cualquier pequeño imprevisto puede
generar tensión.
En el fondo ocurre lo
mismo en los equipos de trabajo.
La excelencia no consiste en que todo salga
perfecto.
Consiste en hacer las
cosas con sentido y con valores compartidos.
Cuando un equipo tiene una
alianza sólida y un propósito claro, el rendimiento deja de ser una obligación.
Se convierte en una consecuencia natural.
Una pregunta para reflexionar
Si mañana reunieras a tu
equipo y les preguntaras:
“¿Qué valores definen
realmente cómo trabajamos juntos?”
¿Crees que todos
responderían lo mismo?
Me encantará leer tu
reflexión en los comentarios.
Si esta reflexión te suena, puedes escribirme aquí:
✉️ rdepablo.coach@gmail.com